SIESTA

UNA ALMOHADA RELLENA DE CUENTOS

hamaca

 

 

 

 

 

 

Los veranos de los setenta eran largos como chicles. Tres meses que se repartían entre el campo y la playa, llenos de baños de mar y paquetes de pipas. Mientras nuestro pelo se aclaraba, la piel se tostaba con el único auxilio de aquella crema Nivea de caja profundamente azul.

Mi padre que continuaba trabajando, nos visitaba los fines de semana. Su llegada los viernes era toda una ceremonia. Le esperábamos altas, flacas y con las caras cubiertas de pecas. Con su presencia de repente se llenaba todo, el periódico, su café solo, las excursiones al pueblo con la cabeza asomando por las ventanillas… Papá, papi, papaíto.

Siempre repartiendo besos y caprichos, uno de aquellos viernes míticos apareció con una hamaca que instaló entre dos grandes pinos. Se convirtió en su lugar favorito, cada sábado con la última raja de melón aún en los labios, se encaminaba hacia ella con su sombrero de paja y un pequeño almohadón. Nosotras nos lanzábamos tras él, luchando por resultar elegidas para compartir siesta y abrazos acunadas por aquel balanceo suave.

Los domingos al despedirse nos pellizcaba las mejillas y ordenaba que obedeciéramos a la primera, al fondo del huerto la hamaca se quedaba sola.

Amparo lledó

 

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