VUELTA Y VUELTA

UNA ALMOHADA RELLENA DE CUENTOS

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Marina llevaba meses sin tocar la fantástica novela que criaba polvo en su mesita de noche. Porque como casi todos, debía dividir su mente en incontables taquitos cada mañana. Lista de la compra, plancha, dos lavadoras, dentista del mayor, tutora del pequeño, reunión con clientes, visita apresurada a su madre octogenaria, deberes, cena, baños. No es que hubiera perdido el gusto por la literatura, se trataba de una simple cuestión de supervivencia.

Para leer hay que abrir el espíritu y dejarte invadir por las palabras, igual que cuando vas a un concierto o te plantas ante un cuadro en cualquier exposición. Pero su espíritu andaba en modo piloto automático desde hacía tiempo. A veces pensaba en el cuadro de los relojes blandos de Dalí y deseaba estirar las horas como si fueran esos chicles que sus hijos siempre le exigían en las cajas de los supermercados.

Una de esas alocadas mañanas multidisciplinares caminaba distraída y al pararse ante un semáforo en rojo vio escrito en el asfalto de la calzada “No esperes más, a veces las cosas cambian parece imposible, pero pasa”

Esa noche consiguió leer dos capítulos, estiró la mano hacia la inhóspita mitad vacía de su gran cama y se dio la vuelta.

Amaneció atravesada completamente, los niños llegaron tarde al colegio, despeinados y sin almuerzo pero ella aterrizó en el asiento del autobús con una ligera sonrisa de esperanza.

Amparo lledó
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